El Tiempo en Cuenca

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Cuando se es víctima de la corrupción, lo importante es no ceder al instinto que te lleva a tener miedo. -Publicado ya en el blog y ampliado-



LA OPINIÓN- Cuando se es víctima de la corrupción, lo importante es no ceder al instinto que te lleva a tener miedo. Siempre que ocurren este tipo de cosas, el guión se repite; primero, te pintan la vida de color de rosa; luego, llegan los sobornos; al cabo de un tiempo, si no has cedido, las amenazas; y, si éstas tampoco surten su efecto, el descrédito personal a través de las calumnias, los insultos, y los intentos para desacreditar, deshonrar, ultrajar, difamar, denigrar y vilipendiar tu vida familiar, profesional y tu imagen pública.

Los artífices de la corrupción, los corruptos, tienen poca imaginación para elaborar sus guiones; siempre se copian del mismo. Lo malo; lo peor, es que las personas tendemos a creer que estas cosas son ciertas cuando ocurren lejos de nuestros hogares; en otro contexto diferente al nuestro. Pero, sin embargo, también le negamos verosimilitud a quien nos cuenta que es víctima de un grave delito desde la cercanía -cuántos actos de violencia reiterada se evitarían, simplemente con que la víctima fuera creída por su entorno inmediato-.

Si se acude a la “Justicia”, se comienza un camino que, la mayoría de las veces, está lleno de baches. En un Estado democrático y de derecho constitucional prevalece la presunción de inocencia, y eso es bueno que sea así; pero esto jamás debe ser un instrumento en el que se refugie la delincuencia. El simple testimonio de la víctima, debe ser un motivo suficiente para que el Estado ponga a funcionar todos los mecanismos de los que dispone, para ampararla y después, analizar la realidad de los hechos para depurar las responsabilidades.

Pero desgraciadamente, el sistema resulta muchas veces beneficioso para el agresor y perjudicial para el agredido; Y no solamente por la lentitud en llevar a cabo las acciones por parte de las diferentes instituciones, tanto policiales como jurídicas, lo que ya de por sí es suficientemente grave, porque en estos casos el corrupto no ceja en su empeño de seguir atemorizando y de acabar con el honor de su víctima; sino porque se malinterpreta el derecho constitucional y se impone la presunción de inocencia del corrupto sobre la de ser víctima, por lo que es el propio perjudicado el que tiene que dotarse de todo tipo de pruebas que sirvan para demostrar su calvario, supliendo incluso la obligatoria labor de investigación de los cuerpos de seguridad y el oficio de los jueces y fiscales; o para defenderse de esos delincuentes que de forma deliverada y falsa lo pretenden incriminar articulando su servidumbre de entre los despojos del poder, para coaccionarlo de nuevo o para que esa injusticia sirva de ejemplo.

Y aunque la verdad de los hechos y las pruebas casi siempre acaban por imponerse con la condena de los que integran ese entramado criminal; no es un camino fácil.

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